Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

La negativa

Si me encuentro a una muchachita bonita y le pido: "Sé buena, ven conmigo", y pasa de largo sin decir una palabra, su actitud significa: 
 "Tú no eres un duque con apellido rimbombante; ningún americano atlético con la estatura de un indio, con ojos horizontales y contemplativos, con una piel acariciada por el aire de las praderas y de los ríos que fluyen por ellas. No has viajado a los Grandes Lagos, ni los has surcado, aunque no sé ni dónde se encuentran. Así que dime, por qué yo, una muchacha bonita, tendría que ir contigo". 
"Olvidas que no te llevan en automóvil por la calle, balanceándote con sus sacudidas; no veo ir detrás de ti a los señores pertenecientes a tu séquito, embutidos en sus trajes y murmurándote piropos. Tus pechos quedan bien comprimidos por el corsé, pero tus muslos y caderas se resarcen por esa sobriedad. Llevas un vestido de tafetán con pliegues, como el que nos alegró tanto a todos el pasado otoño y, sin embargo, con ese peligro mortal en el cuerpo, sólo te ríes de vez en cuando". 
"Sí, los dos tenemos razón y, para no ser conscientes de ello de un modo irrefutable, preferimos irnos solos a casa, ¿verdad?".


Franz Kafka

El buitre

Un buitre me picoteaba los pies. Ya me había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos amenazadores alrededor y luego continuaba su obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba al buitre.
 –Estoy indefenso –le dije–, vino y empezó a picotearme; lo quise espantar y hasta proyecté torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora están casi hechos pedazos.
 –No se debe atormentar –dijo el señor–, un tiro y el buitre se acabó.
 –¿Le parece? –pregunté–, ¿quiere encargarse usted del asunto?
 –Encantado –dijo el señor–, no tengo más que ir a casa a buscar mi fusil, ¿puede aguantar media hora más?
 –No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después agregué–: por favor, pruebe de todos modos.
 –Bueno –dijo el señor–, me apuraré.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado vagar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco más lejos, retrocedió para alcanzar el impulso óptimo, y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó su pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre, irremediablemente, se ahogaba.


Franz Kafka

Instrucciones para dar cuerda a un reloj

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.


Julio Cortázar

El cementerio de los Libros Olvidados

Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras. Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos. De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido aquel día...
No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de los que todavía pueden contar sus años con los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviese. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.

Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando.


La Sombra del Viento
Carlos Ruiz Zafón

Rayuela

Yo hice la muñequita porque Pola se había metido en mi pieza, era demasiado, la sabía capaz de robarme la ropa, de ponerse mis medias, usarme el rouge, darle la leche a Rocamadour.

- Pero usted dijo que no la conocía.

- Estaba en Horacio, estúpido. Estúpido, estúpido Ossip. Pobre Ossip, tan estúpido. En su canadiense, en la piel del cuello, usted ha visto que Horacio tiene una piel en el cuello de la canadiense. Y Pola estaba ahí cuando él entraba, y en su manera de mirar, y cuando Horacio se desnudaba ahí, en ese rincón, y se bañaba parado en esa cubeta, ¿la ve Ossip?, Entonces de su piel iba saliendo Pola, yo la veía como un ectoplasma y me aguantaba las ganas de llorar pensando que en casa de Pola yo no estaría así, nunca Pola me sospecharía en el pelo o en los ojos o en el vello de Horacio. No sé por qué, al fin y al cabo nos hemos querido bien. No sé por qué. Porque no sé pensar y él me desprecia, por esas cosas.

 Julio Cortázar

La insoportable levedad del ser

Todos consideramos impensable que el amor de nuestra vida pueda ser algo leve, sin peso; creemos que nuestro amor es algo que tenía que ser; que sin él nuestra vida no sería nuestra vida. Nos parece que el propio huraño Beethoven, con su terrible melena, toca para nuestro gran amor su «es muss sein!».
Tomás se acordaba del comentario de Teresa sobre el amigo Z. y constataba que la historia del amor de su vida no iba acompañada del sonido de ningún «es muss sein!», sino más bien por el de «es könnte auch anders sein»: también podía haber sido de otro modo.
Hace siete años se produjo casualmente en el hospital de la ciudad de Teresa un complicado caso de enfermedad cerebral, a causa del cual llamaron con urgencia a consulta al director del hospital de Tomás. Pero casualmente el director tenía una ciática, no podía moverse y envió en su lugar a Tomás. En la ciudad había cinco hoteles, pero Tomás fue a parar casualmente justo a aquel donde trabajaba Teresa. Casualmente le sobró un poco de tiempo para ir al restaurante antes de la salida del tren. Teresa casualmente estaba de turno y casualmente atendió la mesa de Tomás. Hizo falta que se produjeran seis casualidades para empujara Tomás hacia Teresa, como si él mismo no tuviera ganas.
Regresó a Bohemia por su causa. Una decisión tan trascendental se basaba en un amor tan casual que no hubiera existido si su jefe no hubiera tenido la ciática hacía siete años. Y aquella mujer, aquella personificación de la casualidad absoluta yace ahora a su lado y respira profundamente mientras duerme.
Estaba ya bien entrada la noche. Sentía que le empezaba a doler el estómago, tal como solía ocurrirle en los momentos de angustia.
La respiración de ella se transformó una o dos veces en un suave ronquido. Tomás no sentía en su interior ninguna clase de compasión. Lo único que sentía era la presión en el estómago y la desesperación por haber regresado.

Milan Kundera

Rayuela

Digamos que el mundo es una figura, hay que leerla. Por leerla entendamos generarla. ¿A quién le importa un diccionario por el diccionario mismo? Si de delicadas alquimias, ósmosis y mezclas de simples surge por fin Beatriz a orillas del río, ¿cómo no sospechar maravilladamente lo que a su vez podría nacer de ella? Que inútil tarea la del hombre, peluquero de sí mismo, repitiendo hasta la náusea el recorte quincenal, tendiendo la misma mesa, rehaciendo la misma cosa, comprando el mismo diario, aplicando los mismos principios a las mismas coyunturas. Puede ser que haya un reino milenario, pero si alguna vez llegamos a él, si somos él, ya no se llamara así. Hasta no quitarle al tiempo su látigo de historia, hasta no acabar con la hinchazón de tantos hasta, seguiremos tomando la belleza por un fin, la paz por un desideratum, siempre de este lado de la puerta donde en realidad no siempre se está mal, donde mucha gente encuentra una vida satisfactoria, perfumes agradables, buenos sueldos, literatura de alta calidad, sonido estereofónico, y por qué entonces inquietarse si probablemente el mundo es finito, la historia se acerca al punto óptimo, la raza humana sale de la edad media pare ingresar en la era cibernética. Tout va très bien, madame la Marquise, tout va très bien, tout va très bien.

Por lo demás hay que ser imbécil, hay que ser poeta, hay que estar en la luna de Valencia para perder más de cinco minutos con estas nostalgias perfectamente liquidables a corto plazo. Cada reunión de gerentes internacionales, de hombres-de-ciencia, cada nuevo satélite artificial, hormona o reactor atómico aplastan un poco más estas falaces esperanzas. El reino será de material plástico, es un hecho. Y no que el mundo haya de convertirse en una pesadilla orwelliana o huxleyana; será mucho peor, sera un mundo delicioso, a la medida de sus habitantes, sin ningún mosquito, sin ningún analfabeto, con gallinas de enorme tamaño y probablemente dieciocho patas, exquisitas todas ellas, con cuartos de baño telecomandados, agua de distintos colores según el día de la semana, una delicada atención del servicio nacional de higiene, con televisión en cada cuarto, por ejemplo grandes paisajes tropicales pare los habitantes del Reijavik, vistas de igloos pare los de La Habana, compensaciones sutiles que conformaran sodas las rebeldías, etcétera.

Es decir un mundo satisfactorio para gentes razonables.

¿Y quedará en él alguien, uno solo, que no sea razonable?

En algún rincón, un vestigio del reino olvidado. En alguna muerte violenta, el castigo por haberse acordado del reino. En alguna risa, en alguna lágrima, la sobrevivencia del reino. En el fondo no parece que el hombre acabe por matar al hombre. Se le va a escapar, le va a agarrar el timón de la maquina electrónica, del cohete sideral, le va a hacer una zancadilla y después que le echen un galgo. Se puede matar todo menos la nostalgia del reino, la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña. Wishful thinking, quizá; pero esa es otra definición posible del bípedo implume.


Capítulo 71
Julio Cortázar

Rayuela

-Partís del principio -dijo la Maga-. Qué complicado. Vos sos como un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros. Quiero decir que los cuadros están ahí y vos en el museo, cerca y lejos al mismo tiempo. Yo soy un cuadro, Rocamadour es un cuadro. Etienne es un cuadro, esta pieza es un cuadro. Vos creés que estás en esta pieza pero no estás. Vos estás mirando la pieza, no estás en la pieza.

-Esta chica lo dejaría verde a Santo Tomás -dijo Oliveira.

-¿Por qué Santo Tomás? -dijo la Maga-. ¿Ese idiota que quería ver para creer?

-Sí, querida -dijo Oliveira, pensando que en el fondo la Maga había embocado el verdadero santo.


Capítulo 3.
Julio Cortázar

Dificultades barrocas

Hay palabras que ciertos días no puedo pronunciar. Por ejemplo hoy, hablando por teléfono con el escritor D. –que es tartamudo– quise decirle que había estado leyendo un librito muy lindo titulado L'impossibilité d'écrire. Dije «L'impossibilité...» y no pude seguir. Me subió una niebla, me subió mi existencia a mi garganta, sentí vértigos, supe que mi garganta era el centro de todo y supe también que nunca más iba a poder decir «écrire». D. –bien o mal– completó la frase, lo cual me dio una pena infinita pues para ello tuvo que vencer no sé cuántas vocales a modo de escollos. ¡Ah, esos días en que mi lenguaje es barroco y empleo frases interminables para sugerir palabras que se niegan a ser dichas por mí! Si al menos se tratara de tartamudez. Pero no; nadie se da cuenta. Lo curioso es que cuando ello me sucede con alguien a quien quiero me inquieto tanto que redoblo mi amabilidad y mi afección. Como si debiera darle sustitutos de la palabra que no digo. Recién, por ejemplo, tuve deseos de decirle a D.: Si es verdad lo que me dice tantas veces, si es verdad que usted se muere de deseos de acostarse conmigo, venga, venga ahora mismo. Tal vez, con el lenguaje del cuerpo le hubiera dado algo equivalente a la palabra écrire. Ello me sucedió una vez. Una vez me acosté con un pintor italiano porque no pude decirle: «Amo a esta persona». En cambio, respondí a sus pedidos con una vaga serie de imágenes recargadas y ambiguas y es así como terminamos en la cama sólo porque no pude decir la frase que pensaba. Terminé también llorando en sus brazos, acariciándolo como si lo hubiera ofendido mortalmente, y pensando, mientras lo acariciaba, que en verdad no lo compensaba mucho, que en verdad yo le quedaba debiendo.

Alejandra Pizarnik

Ellas

Ellas nos huelen, señor, mucho, mucho antes de atender a nuestro torso, nuestro rostro o nuestras palabras, ellas nos huelen, chequean nuestro sistema inmunológico de una manera inconsciente, a metros de distancia, para calibrar las ventajas competitivas de su hipotética prole.


Ellas sólo quieren hombres que luchen, señor, si usted no lucha puede creer que está con ellas, pero ellas no están con usted, créame. Puede usted empatar, puede usted perder, una y otra vez incluso, pero si lucha seguirán con usted, en todas las derrotas, igual que en todas las victorias; lo único que no perdonan es que usted no luche, señor.

Ellas necesitan verse más grandes, más inteligentes, más guapas en sus ojos, porque ellas desean devolvérselo, señor. Ellas quieren creer que son especiales para usted y hacerle creer que usted también lo es. Si no le admiran, aquí se acabó todo, señor.

Ellas, ellas, ellas saben que no existe la armonía, sólo pedazos de armonía, pero esos pedazos se los exigirán con la usura de los decimales. Ellas conocen que una relación es cualquier cosa menos lo que se lee en los cuentos de hadas, que los arquetipos minan nuestras relaciones, por eso desean compartir, los problemas y la gloria, la ansiedad y el deseo.

Ellas le requerirán complicidad, señor. Y que las folle durante toda la noche, y que les dé mimos durante todo el día, y que las cubra de besos el resto de su vida. Lo quieren todo, señor. Ellas, ellas anhelan que estemos en guardia, pero que la bajemos de vez en cuando, es tierno, es romántico, señor, que ellas sepan que les confía su debilidad. Si su idea de la diversión es prolon-gar su adolescencia, olvídese de ellas, señor, y vaya a cazar Wendys, porque ellas demandan compromiso, cómo si no enfrentarse a una vida en la que todo es negociación o pelea. No quieren estar solas ante la vida, señor. Nosotros tampoco.

Ellas quieren ver cómo se arriesga, cómo da el primer paso, cómo pasa el apuro, el peligro, la inseguridad de pedirles una cita, quieren saber si tiene el valor, si posee la constancia, si será de fiar. Ellas reclaman que les quitemos la razón cuando no la tienen y cuando sí, que las hagamos pensar. Y eso es el amor, señor: no dorarles la píldora. Pero, sobre todo, hágame caso, llámelas al día siguiente, señor, de tomar un café, de ir al cine, de hacer el amor, de una discusión, de lo que sea. De lo que sea. Que sepan que, al menos, valió la pena. Lo que sea.

Ignacio del Valle

Que veinte años no es nada

Sé que es un sentimiento improductivo, disgregador, impregnado de fatalidad, que sólo puede entenderse como una fuerza que trasciende la voluntad, como un impulso que aniquila anhelo y obligación, que exige un penoso tributo, que incluso puedo perder la vida, sacrificarlo todo, sin esperar otra dicha que la proximidad de tu cuerpo.

Sé que si hoy no consumo de nuevo mi deseo seré como un artista que renuncia a su creatividad, que desistiría de mí mismo.

Sé que lo nuestro no será duradero, que siempre hay una lejanía que nos separa, que nuestro conocimiento no es más que una aproximación, que soy incapaz de penetrar el misterio que esconde tu mirada, que nuestro amor no va a fundar hogares, que acabará con la destrucción de los amantes.

Sé que tras nuestra apariencia banal nuestro erotismo es una experiencia de locura y muerte, que este amor me está volviendo loco, que mi deseo no se conforma sólo con penetrarte, que busco sepultarte en mi piel, devorarte.

Sé que lo mío nunca se extinguirá, que sobrevivirá a cualquier contingencia.

Sé que acabaré mal. Que acabaré solo. Que acabaré ciego.

Pero te espero.


Ignacio del Valle

Sobre los Eternos- The Sandman

- Se dice que ningún retrato puede hacer justicia a Deseo, ya que verla (o verle) es amarlo (o amarla), con pasión, con dolor, excluyendo todo el resto. Deseo huele subliminalmente a melocotones de verano, y proyecta dos sombras: una negra, de bordes afilados, y otra traslúcida, siempre en movimiento. Deseo es tolo que que siempre has querido. Seas quien seas. Seas lo que seas. Todo.

- La gemela de Deseo es la reina de su propio territorio inhóspito, lleno de pequeñas ventanas, espejos de nuestro mundo. A veces te miras en el espejo y notas su mirada: son días con el cielo gris, húmedos, que dejan el mundo sin color ni sentido. Desespero dice poco, y es paciente.

- Destino es el mayor de los Eternos. Algunos piensan que es ciego, mientras que otros, con razón, afirman que ha viajado más allá de la ceguera, que no puede evitar ver el camino que los vivos siguen durante su vida. Destino huele a polvo y a las bibliotecas de la noche. No deja huella. No proyecta sombra.

- Delirio es la más joven de los Eternos; antes era Delicia, pero eso fue hace mucho. Huele a sudor, a vino agrio, a onches en vela, a cuero viejo. Su apariencia es la más variable de los Eternos, ya que la mayoría de veces son ideas vestidas de carne. El poeta Coleridge afirmaba conocerla bien, pero era un mentiroso empedernido. ¿Quién puede saber qué ve Delirio a través de sus ojos de distinto color?

- Solo Destrucción ha besado a su hermana Desespero, hace siglos; su barba estaba dura contra su mejilla. Ahora ella le echa de menos, como los otros, desde que abandonó su reino. Las cosas aún se crean, aún existen, aún se destruyen, pero esa no es responsabilidad suya... Ya no es culpa suya.

- Sueño de los Eternos: Ah, aquí tenemos una adivinianza. En este aspecto (y sólo percibimos aspectos de los eternos, de la misma manera que vemos el destello de una sola y pequeña faceta de una piedra preciosa enorme y perfectamente tallada) Es delgado como un hilo, con la piel de color de la nieve que cae. Sueño acumula nombres como otros hacen amigos: pero se permite pocos amigos. Si se siente cercano a alguien, es a su hermana mayor, a quien ve raramente. De todos los Eternos, excepto quizá Destino, es el más consciente de sus responsabilidades, el más meticuloso en su ejecución

- Y ahí está Muerte.


Neil Gaiman
"Cuando era pequeño, los mayores solían decirme que no me invetara cosas y me advertían de lo que me sucedería si lo hacía. Que yo sepa, hasta ahora parece que supone hacer muchos viajes al extranjero y no levantarse demasiado pronto por la mañana.”

Neil Gaiman

Una traición mística

Comprendo, de nada sirve comprender, a nadie nunca le ha servido comprender, y sé que ahora necesito remontarme a la raíz de esa fascinación silenciosa, de esta oquedad que se abre para que yo entre, yo el holocausto, yo la víctima propiciatoria. Su persona es menos que un fantasma, que un nombre, que vacío. Alguien me bebe desde la otra orilla, alguien me succiona, me abandona exangüe. Estoy muriendo porque alguien ha creado un silencio para mí


Alejandra Pizarnik

Palabras

Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible, por amor al silencio, por amor al lenguaje de los cuerpos. Yo hablaba. En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio. Es mi manera de expresar mi fatiga inexpresable. Debería invertirse este orden maligno. Por primera vez emplear palabras para seducir a quien se quisiera gracias a la mediación del silencio más puro. Siempre he sido yo la silenciosa. Las palabras intercesoras, las he oído tanto, ahora las repito. ¿Quién elogió a los amantes en detrimento de los amados? Mi orientación más profunda: la orilla del silencio. Palabras intercesoras, señuelo de vocales. Ésta es ahora mi vida: mesurarme, temblar ante cada voz, temblar las palabras apelando a todo lo que de nefasto y de maldito he oído y leído en materia de formas de seducción.
El hecho es que yo contaba, yo analizaba, yo relacionaba ejemplos proporcionados por los amigos comunes y la literatura. Le demostraba que la razón estaba de mi parte, la razón de amor. Le prometía que amándome iba a serle accesible un lugar de justicia perfecta. Esto le decía sin estar yo misma enamorada, habiendo sólo en mí la voluntad de ser amada por él y no por otro. Es tan difícil hablar de esto. Cuando vi su rostro por primera vez, deseé que fuera de amor al volverse hacia mi rostro. Quise sus ojos despeñándose en los míos. De esto quiero hablar. De un amor imposible porque no hay amor. Historia de amor sin amor. Me apresuro. Hay amor. Hay amor de la misma manera en que recién salí a la noche y dije: hay viento. No es una historia sin amor. Más bien habría que hablar de los sustitutos.
Hay gestos que me dan en el sexo. Así: temor y temblor en el sexo. Ver su rostro demorándose una fracción de segundo, su rostro se detuvo en un tiempo incontable, su rostro, un detenerse tan decisivo, como quien mueve la voz y dice no. Aquel poema de Dylan Thomas sobre la mano que firma en el papel. Un rostro que dure lo que una mano escribiendo un nombre en una hoja de papel. Me dio en el sexo. Levitación; me izan, vuelo. Un no, a causa de ese no todo se desencadena. He de contar en orden este desorden. Contar desordenadamente este extraño orden de cosas. A medida que no vaya sucediendo.
Hablo de un poema que se acerca. Se va a acercando mientras a mí me tienen lejos. Sin descanso la fatiga; infatigablemente la fatiga a medida que la noche --no el poema-- se acerca y yo estoy a su lado y nada, nada sucede a medida que la noche se acerca y pasa y nada, nada sucede. Sólo una voz lejanísima, una creencia mágica, una absurda, antigua espera de cosas mejores.
Recién le dije no. Escándalo. Transgresión. Dije no, cuando desde hace meses agonizo de espera y cuando inicio el gesto, cuando lo iniciaba... trémulo temblor, hacerme mal, herirme, sed de desmesura (pensar alguna vez en la importancia de la sílaba no).

Alejandra Pizarnik

La noche de Santiago

Criaturas en la niebla- tout le monde attendait quelque chose.
Contemplar los fuegos del artificio, decirse profundo, gritarse en la boca de la caverna, anunciarse que algo restalla en la niebla. Una propuesta o algo, en fin, a modo de respuesta o dulce o nefasta, o algo, en fin, a modo de voz venida de la exterioridad más pura.
[...]
sí- dije- vé, vé, vé (sintiéndome, oh siempre, en el centro exacto del abandono). Vi sus ojos en el resplandor cortado de oscuridades hirientes, súbitas. Vi sus ojos en el sonido de la tormenta, en los colores ardiendo como pájaros muy afímeros. Que se vaya -me dije- yo no pretendo, no intento, no comprendo. No me dejes -dijo- no me exilies de ti. En lo alto, en lo puro del abandono. Llamarme a mí pequeña abandonadora. Trémulo gesto de mi cara para ir a llorar importantemente en la noche del no se sabe quién es abandonado.


Alejandra Pizarnik

Las lamentaciones del Tasso

V

Contempla un amor que no desespera, pero que, ardiente aún, es mi más cara esperanza, la mejor parte de mí mismo; vive profundamente en mi silencioso corazón semejante al rayo en el medio de la nube que lo guarda entre sus vapores, como en sombría mortaja, hasta que estalla y deja escapar el rayo. Así, al choque eléctrico de tu nombre, mi pensamiento estalla en todo mi ser, y durante algunos instantes todos los objetos vagan a mi alrededor tales cuales fueron en otro tiempo... se desvanecen... y torno al ser mismo.

Sin embargo, mi amor se ha acrecentado sin ambición; conocía tu rango y yo el mío, y no ignoraba que una princesa no puede ser la amante de un poeta; mis labios, mis suspiros no revelaron mi llama: se bastaba a sí misma. Ella era su propia recompensa y si mis ojos la revelaron, fueron castigados por el silencio de los tuyos. ¿Me he atrevido jamás a quejarme? Eras tú para mí sagrada reliquia encerrada en urna de cristal, que adoraba a respetuosa distancia, besando humildemente la tierra. No adoraba en ti a la princesa, pero el amor te había revestido de gloria; había difundido por tus facciones una belleza tal, que hacía nacer el temor o más bien ese respeto religioso que inspiraría un ángel del cielo. En esta dulce severidad había algo que aventajaba a la dulzura misma; yo no sé cómo pero tu genio se posesionaba del mío, mi estrella palidecía ante la tuya... si era una presunción el amar sin esperanza, cara me ha costado esta triste fatalidad; pero te amo aún, y sin tu hubiera, en efecto, venido a ser digno de esta celda que me humilla. El mismo amor que me ha ligado con estas cadenas hace más ligeros sus anillos: el peso que me queda es grande aún, pero el amor me ha dado fuerza para soportarlo. Gracias a él, vuelvo hacia ti mi corazón y triunfo de los tormentos que con una persecución cruel quiere abatirme.

Lord Byron 

No le preguntéis a Jack (Humo y Espejos)

 Nadie sabía de dónde había salido el juguete, qué bisabuelo o bisabuela o qué tía lejana lo había tenido antes de que llegara al cuarto de los niños.
Era una caja tallada y pintara de oro y rojo. Era hermosa, sin duda, y, al menos eso sostenían los mayores, bastante valiosa, quizá incluso una antigüedad. Por desgracia, el seguro estaba cerrado y oxidado y la llave se había perdido, de modo que el muñeco no podía salir. Aun así, era una caja magnífica y tallada y dorada.
Los niños no jugaban con ella. Estaba en el fondo de un arcón de juguetes viejo y de madera, que tenía el mismo tamaño y la misma edad que el cofre del tesoro de un pirata, o eso pensaban los niños. la caja del muñeco a resorte estaba enterrada bajo muñecas y trenes, payasos y estrellas de papel y viejos trucos de magia y marionetas tullidas con los hilos enredados irrevocablemente y ropa para disfrazarse (aquí los jirones de un vestido de novia de hacía mucho, allí un sombrero de seda negra, con un poso formado por la edad y el tiempo) y alhajas de fantasía, aros rotos y peonzas y caballitos. Debajo de todo eso estaba la caja del muñeco Jack.
Los niños no jugaban con ella. Cuchicheaban entre ellos, cuando estaban solos en el ático, en el cuarto de los niños. En los días grises cuando el viento aullaba alrededor de la casa y la lluvia hacía sonar el tejado de pizarra y bajaba golpeteando por los aleros, se explicaban historias sobre Jack, aunque nunca lo habían visto. Uno afirmaba que Jack era un brujo malvado, colocado en la caja como castigo por crímenes demasiado horribles para ser descritos; otra (y estoy seguro de que tuvo que haber sido una de las niñas) sostenía que la caja de Jack era la de Pandora y que le habían metido allí como guardián para impedir que las cosas malas que había dentro salieran otra vez. Ni siquiera la tocaban, si podían evitarlo, pero cuando, como sucedía a veces, un adulto hacía un comentario sobre la ausencia de aquel muñeco a resorte viejo y encantador, y lo recuperaba del cofre y lo colocaba en una posición de honor sobre la repisa de la chimenea, los niños se armaban de valor y, más tarde, lo escondían otra vez en las tinieblas.
Los niños no jugaban con la caja del muñeco a resorte. Y cuando se hicieron mayores y dejaron la gran casa, cerraron el cuarto del ático y casi lo olvidaron.
Casi, pero no del todo. Ya que cada uno de los niños, por separado, recordaba haber subido solo a la luz de la luna, descalzo, hasta el cuarto de los niños. Era casi como andar sonámbulo, los pasos quedos sobre la madera de las escaleras, sobre la alfombra raída del cuarto. Recordaba haber abierto el cofre del tesoro, haber hurgado entre las muñecas y la ropa y haber sacado la caja.
Entonces el niño tocaba el seguro y la tapa se abría, lenta como una puesta de sol, y la música empezaba a sonar y Jack salía. No lo hacía de repente y rebotando: no era un muñeco saltarín. Sino que se alzaba de la caja con parsimonia, concentrado, y le hacía una seña al niño para que se acercara más, más y le sonreía.
Allí, a la luz de la luna, les explicaba cosas que nunca recordaban bien, cosas que nunca podían olvidar del todo.
El niño mayor murió en la Primera Guerra Mundial. El menor, después de que sus padres muriesen, heredó la casa, aunque se la quitaron al encontrarle en la bodega una noche con ropa y queroseno y cerillas, cuando intentaba dejar la gran casa reducida a cenizas. Le llevaron al manicomio y quizá aún sigue allí.
Las otras hermanas, que habían sido niñas y que ya eran mujeres, se negaron, todas y cada una de ellas, a regresar a la casa en la que se habían criado; y tapiaron las ventanas de la casa y cerraron todas las puertas con llaves enormes de hierro, y las hermanas la visitaban con la misma frecuencia con que visitaban la tumba de su hermano mayor o la cosa triste que antes había sido su hermano menor, es decir, nunca.
Han pasado los años y las niñas son ancianas, y búhos y murciélagos se han instalado en el viejo cuarto del ático; las ratas construyen sus nidos entre los juguetes olvidados. Los animales miran sin curiosidad los grabados descoloridos de la pared y manchan lo que queda de la alfombra con sus excrementos.
Y dentro de la caja, muy al fondo, Jack espera y sonríe, guardando sus secretos. Está esperando a los niños. Puede esperar eternamente.



Neil Gaiman

El barrendero de sueños (Humo y Espejos)

Cuando se han acabado los sueños, cuando te has despertado y has dejado el mundo de locura y locura por el yugo mundanon y diurono, a través de los escombros de tus fantasías abandonadas camina el barrendero de los sueños.
¿Quién sabe lo que era cuando estaba vivo? O si, en realidad, estuvo vivo alguna vez. Seguro que no contestará tus preguntas. El barrendero habla poco, con su voz áspera y gris, y, cuando habla, es más que nada sobe el tiempo y las perspectivas, victorias y derrotas de ciertos equipos deportivos. Desprecia a todo lo que no es él.
Justo cuando te despiertas viene a ti y barre y recoge reinados y castillos, y ángeles y búhos, montañas de océanos. Barre la lujuria y el amor y los amantes, los sabios que no son mariposas, las flores de carne el correr de los ciervos y el hundimiento de Lusitania. Barre y recoge todo lo que dejas en tus sueños, la vida que llevabas puesta, los ojos por los que mirabas, el examen que nunca pudiste encontrar. Uno a uno los barre: la mujer de dientes afilados que te hundió los dientes en la cara; las monjas de los bosques; el brazo muerto que salió del agua tibia del baño; los gusanos de escarlata que te recorrían el pecho cuando te abriste la camisa.
Lo barrerá y lo recogerá: todo lo que dejaste al despertar. Luego, lo quemará, para dejar el escenario limpio para tus sueños de mañana.
Trátale bien, si le ves. Sé educado con él. No le hagas preguntas. Aplaude las victorias de sus equipos, dile cuánto sientes sus derrotas, dale la razón respecto al tiempo. Tenle el respeto que él opina que se le debe.
Porque hay personas a las que ya no visita, el barrendero de sueños, con sus cigarrillos liados a mano y su dragón tatuado.
Las has visto. Les tiembla la boca y sus ojos miran fijamente, y farfullan y lloriquean y gimotean. Algunos los recorren las ciudades vestidos con andrajos, sus pertenencias bajo los brazos. Otros están encerrados en la oscuridad, en lugares donde ya no pueden hacer daño, ni a ellos mismos ni a otros. No están locos, o mejor dicho la pérdida del juicio es el menor de sus problemas. Es peor que la locura. Te lo dirán, si les dejas: son los que viven, cada día, en los escombros de sus sueños.
Y si el barrendero de sueños te abandona, nunca volverá.


Neil Gaiman