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Muerte, el alto coste de la vida

M- ¿Hoy? Hoy no soy nadie especial
H- Eres especial para mi
M- ¿Qué quieres que te encuentre?
H- Quiero que encuentres mi corazón. ¿Lo harás? ¿Lo encontrarás, por favor? Lo he intentado todo, y yo sola no puedo. Encuentra mi corazón
M- ¿Y si digo que no?
H- Le corto la nariz al niño bonito, eso para empezar. Y lo haré.


Neil Gaiman

Sobre los Eternos- The Sandman

- Se dice que ningún retrato puede hacer justicia a Deseo, ya que verla (o verle) es amarlo (o amarla), con pasión, con dolor, excluyendo todo el resto. Deseo huele subliminalmente a melocotones de verano, y proyecta dos sombras: una negra, de bordes afilados, y otra traslúcida, siempre en movimiento. Deseo es tolo que que siempre has querido. Seas quien seas. Seas lo que seas. Todo.

- La gemela de Deseo es la reina de su propio territorio inhóspito, lleno de pequeñas ventanas, espejos de nuestro mundo. A veces te miras en el espejo y notas su mirada: son días con el cielo gris, húmedos, que dejan el mundo sin color ni sentido. Desespero dice poco, y es paciente.

- Destino es el mayor de los Eternos. Algunos piensan que es ciego, mientras que otros, con razón, afirman que ha viajado más allá de la ceguera, que no puede evitar ver el camino que los vivos siguen durante su vida. Destino huele a polvo y a las bibliotecas de la noche. No deja huella. No proyecta sombra.

- Delirio es la más joven de los Eternos; antes era Delicia, pero eso fue hace mucho. Huele a sudor, a vino agrio, a onches en vela, a cuero viejo. Su apariencia es la más variable de los Eternos, ya que la mayoría de veces son ideas vestidas de carne. El poeta Coleridge afirmaba conocerla bien, pero era un mentiroso empedernido. ¿Quién puede saber qué ve Delirio a través de sus ojos de distinto color?

- Solo Destrucción ha besado a su hermana Desespero, hace siglos; su barba estaba dura contra su mejilla. Ahora ella le echa de menos, como los otros, desde que abandonó su reino. Las cosas aún se crean, aún existen, aún se destruyen, pero esa no es responsabilidad suya... Ya no es culpa suya.

- Sueño de los Eternos: Ah, aquí tenemos una adivinianza. En este aspecto (y sólo percibimos aspectos de los eternos, de la misma manera que vemos el destello de una sola y pequeña faceta de una piedra preciosa enorme y perfectamente tallada) Es delgado como un hilo, con la piel de color de la nieve que cae. Sueño acumula nombres como otros hacen amigos: pero se permite pocos amigos. Si se siente cercano a alguien, es a su hermana mayor, a quien ve raramente. De todos los Eternos, excepto quizá Destino, es el más consciente de sus responsabilidades, el más meticuloso en su ejecución

- Y ahí está Muerte.


Neil Gaiman
"Cuando era pequeño, los mayores solían decirme que no me invetara cosas y me advertían de lo que me sucedería si lo hacía. Que yo sepa, hasta ahora parece que supone hacer muchos viajes al extranjero y no levantarse demasiado pronto por la mañana.”

Neil Gaiman

No le preguntéis a Jack (Humo y Espejos)

 Nadie sabía de dónde había salido el juguete, qué bisabuelo o bisabuela o qué tía lejana lo había tenido antes de que llegara al cuarto de los niños.
Era una caja tallada y pintara de oro y rojo. Era hermosa, sin duda, y, al menos eso sostenían los mayores, bastante valiosa, quizá incluso una antigüedad. Por desgracia, el seguro estaba cerrado y oxidado y la llave se había perdido, de modo que el muñeco no podía salir. Aun así, era una caja magnífica y tallada y dorada.
Los niños no jugaban con ella. Estaba en el fondo de un arcón de juguetes viejo y de madera, que tenía el mismo tamaño y la misma edad que el cofre del tesoro de un pirata, o eso pensaban los niños. la caja del muñeco a resorte estaba enterrada bajo muñecas y trenes, payasos y estrellas de papel y viejos trucos de magia y marionetas tullidas con los hilos enredados irrevocablemente y ropa para disfrazarse (aquí los jirones de un vestido de novia de hacía mucho, allí un sombrero de seda negra, con un poso formado por la edad y el tiempo) y alhajas de fantasía, aros rotos y peonzas y caballitos. Debajo de todo eso estaba la caja del muñeco Jack.
Los niños no jugaban con ella. Cuchicheaban entre ellos, cuando estaban solos en el ático, en el cuarto de los niños. En los días grises cuando el viento aullaba alrededor de la casa y la lluvia hacía sonar el tejado de pizarra y bajaba golpeteando por los aleros, se explicaban historias sobre Jack, aunque nunca lo habían visto. Uno afirmaba que Jack era un brujo malvado, colocado en la caja como castigo por crímenes demasiado horribles para ser descritos; otra (y estoy seguro de que tuvo que haber sido una de las niñas) sostenía que la caja de Jack era la de Pandora y que le habían metido allí como guardián para impedir que las cosas malas que había dentro salieran otra vez. Ni siquiera la tocaban, si podían evitarlo, pero cuando, como sucedía a veces, un adulto hacía un comentario sobre la ausencia de aquel muñeco a resorte viejo y encantador, y lo recuperaba del cofre y lo colocaba en una posición de honor sobre la repisa de la chimenea, los niños se armaban de valor y, más tarde, lo escondían otra vez en las tinieblas.
Los niños no jugaban con la caja del muñeco a resorte. Y cuando se hicieron mayores y dejaron la gran casa, cerraron el cuarto del ático y casi lo olvidaron.
Casi, pero no del todo. Ya que cada uno de los niños, por separado, recordaba haber subido solo a la luz de la luna, descalzo, hasta el cuarto de los niños. Era casi como andar sonámbulo, los pasos quedos sobre la madera de las escaleras, sobre la alfombra raída del cuarto. Recordaba haber abierto el cofre del tesoro, haber hurgado entre las muñecas y la ropa y haber sacado la caja.
Entonces el niño tocaba el seguro y la tapa se abría, lenta como una puesta de sol, y la música empezaba a sonar y Jack salía. No lo hacía de repente y rebotando: no era un muñeco saltarín. Sino que se alzaba de la caja con parsimonia, concentrado, y le hacía una seña al niño para que se acercara más, más y le sonreía.
Allí, a la luz de la luna, les explicaba cosas que nunca recordaban bien, cosas que nunca podían olvidar del todo.
El niño mayor murió en la Primera Guerra Mundial. El menor, después de que sus padres muriesen, heredó la casa, aunque se la quitaron al encontrarle en la bodega una noche con ropa y queroseno y cerillas, cuando intentaba dejar la gran casa reducida a cenizas. Le llevaron al manicomio y quizá aún sigue allí.
Las otras hermanas, que habían sido niñas y que ya eran mujeres, se negaron, todas y cada una de ellas, a regresar a la casa en la que se habían criado; y tapiaron las ventanas de la casa y cerraron todas las puertas con llaves enormes de hierro, y las hermanas la visitaban con la misma frecuencia con que visitaban la tumba de su hermano mayor o la cosa triste que antes había sido su hermano menor, es decir, nunca.
Han pasado los años y las niñas son ancianas, y búhos y murciélagos se han instalado en el viejo cuarto del ático; las ratas construyen sus nidos entre los juguetes olvidados. Los animales miran sin curiosidad los grabados descoloridos de la pared y manchan lo que queda de la alfombra con sus excrementos.
Y dentro de la caja, muy al fondo, Jack espera y sonríe, guardando sus secretos. Está esperando a los niños. Puede esperar eternamente.



Neil Gaiman

Lo llamarán azar o suerte o lo llamarán destino (Humo y espejos)

Lo llamarán azar o suerte o lo llamarán destino,
las cartas y las estrellas que no dejan de dar vueltas.
El mañana se manifiesta y trae la cuenta
de cada beso y muerte, los pequeños y los grandes.

¿Quieres saber el futuro, cielo? Pues espera:
contestaré a tus preguntas impacientes. Aun así,
lo llamarán azar o suerte o lo llamarán destino, las cartas y las estrellas que no dejan de dar vueltas.
Vendré a ti esta noche, querido, cuando sea tarde,
no me verás, quizá sientas un escalofrío.
Esperaré a que duermas, después me saciaré,
y ahí estará servido tu futuro.
Lo llamarán azar o suerte o lo llamarán destino.

Neil Gaiman

El barrendero de sueños (Humo y Espejos)

Cuando se han acabado los sueños, cuando te has despertado y has dejado el mundo de locura y locura por el yugo mundanon y diurono, a través de los escombros de tus fantasías abandonadas camina el barrendero de los sueños.
¿Quién sabe lo que era cuando estaba vivo? O si, en realidad, estuvo vivo alguna vez. Seguro que no contestará tus preguntas. El barrendero habla poco, con su voz áspera y gris, y, cuando habla, es más que nada sobe el tiempo y las perspectivas, victorias y derrotas de ciertos equipos deportivos. Desprecia a todo lo que no es él.
Justo cuando te despiertas viene a ti y barre y recoge reinados y castillos, y ángeles y búhos, montañas de océanos. Barre la lujuria y el amor y los amantes, los sabios que no son mariposas, las flores de carne el correr de los ciervos y el hundimiento de Lusitania. Barre y recoge todo lo que dejas en tus sueños, la vida que llevabas puesta, los ojos por los que mirabas, el examen que nunca pudiste encontrar. Uno a uno los barre: la mujer de dientes afilados que te hundió los dientes en la cara; las monjas de los bosques; el brazo muerto que salió del agua tibia del baño; los gusanos de escarlata que te recorrían el pecho cuando te abriste la camisa.
Lo barrerá y lo recogerá: todo lo que dejaste al despertar. Luego, lo quemará, para dejar el escenario limpio para tus sueños de mañana.
Trátale bien, si le ves. Sé educado con él. No le hagas preguntas. Aplaude las victorias de sus equipos, dile cuánto sientes sus derrotas, dale la razón respecto al tiempo. Tenle el respeto que él opina que se le debe.
Porque hay personas a las que ya no visita, el barrendero de sueños, con sus cigarrillos liados a mano y su dragón tatuado.
Las has visto. Les tiembla la boca y sus ojos miran fijamente, y farfullan y lloriquean y gimotean. Algunos los recorren las ciudades vestidos con andrajos, sus pertenencias bajo los brazos. Otros están encerrados en la oscuridad, en lugares donde ya no pueden hacer daño, ni a ellos mismos ni a otros. No están locos, o mejor dicho la pérdida del juicio es el menor de sus problemas. Es peor que la locura. Te lo dirán, si les dejas: son los que viven, cada día, en los escombros de sus sueños.
Y si el barrendero de sueños te abandona, nunca volverá.


Neil Gaiman